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Revista de Estudios Sobre Cambio Social
aaaaaaaaaaaaaaa año IV . número 14 . invierno 2004

LA FRAGILIDAD DE LA "CUESTION SOCIAL".
PRECARIEDAD LABORAL Y VULNERABILIDAD SOCIAL

Por PATRICIA ALEJANDRA ZIPCIOGLU(1)

La célebre frase "todo lo sólido se desvanece en el aire" (Marx y Engels, 1973; citado por Santos, 1998) nos abre camino para reflexionar sobre la crisis actual. Si bien es cierto que toda crisis desestructura las estructuras establecidas, la crisis actual barre además con nuestras certezas. ¿Pero en qué sentido? Los años 90 terminan consagrando la centralidad del modelo neoliberal que se venía perfilando desde los años 70. La reestructuración macroeconómica y la reforma estructural abrieron paso a los procesos de transformación cuyas lógicas fueron el ajuste, la racionalización y la eficiencia.

Las leyes de Reforma del Estado y de Emergencia Económica fueron el marco legal del proceso de ajuste estructural que dieron marcha a una serie de reformas. Privatización de empresas públicas, reducción del gasto público, reforma administrativa y el desmantelamiento de las estructuras sociales del Estado.

La otra cara de la reforma fue el cambio del rumbo de la economía hacia el libre mercado lo cual introdujo una serie de transformaciones. El agotamiento del modelo sustitutivo de importaciones y el surgimiento del nuevo modelo de acumulación ligado al capital financiero internacional que requirió de un proceso más flexible de producción para garantizar la competitividad.

Esta flexibilidad productiva tiene como lógica que el ciclo productivo sólo se inicia una vez que el stock se ha terminado evitando así los cuellos de botella producto de los excesos de producción.

Pero la flexibilidad productiva requiere a su vez de la flexibilidad laboral y de una mayor descentralización de la empresa. La descentralización de la empresa remite tanto a la reducción del tamaño de las plantas como a la externalización o terciarización de los diferentes procesos del ciclo productivo.

La flexibilización laboral tiene como ejes la desregulación laboral y la polivalencia. La polivalencia en cuanto a la nueva funcionalidad del trabajador introduce la multifuncionalidad en la estructura del trabajo inaugurando la era de la rotación en los puestos.

Bajo estas características el nuevo sistema productivo requiere de un número reducido de trabajadores y sí en cambio necesita de una fuerza de trabajo que entre y salga fácilmente del sistema y sin costos elevados. A tal efecto la desregulación laboral es la herramienta que minimiza los costos laborales para el empleador y como contrapartida deja en el desamparo a los trabajadores de la mano de la precarización de los contratos laborales, de la regresión de los derechos sociales y el aumento del trabajo informal.

Vivimos en una era donde llega a su fin el círculo virtuoso que promovía la tríada productividad-crecimiento económico-pleno empleo. La situación actual de crecimiento sin empleo pone en jaque al supuesto clásico de que a mayores demandas de producción le corresponden a su vez mayores contrataciones de mano de obra. Al entrar en crisis la sociedad del pleno empleo se desestructuran los mecanismos tanto sociales como materiales que integraban a los individuos a la sociedad a través del mundo del trabajo.

La rápida descripción de la situación actual que hemos introducido brinda los elementos suficientes para dar cuenta de que "todo lo sólido se desvanece en el aire". Este panorama remite a una crisis global cuyas dimensiones son múltiples. Nuestro propósito es analizar las condiciones de precariedad en el mercado de trabajo.

Antes de proseguir con la exposición nos parece oportuno formular la siguiente pregunta. ¿Cómo definiríamos hoy la situación social en nuestro país? Sin lugar a dudas una primera impresión es aquella que describe la imagen de una sociedad dual donde la marginación, la pobreza y la exclusión son los indicadores de esa realidad. Sin embargo conviene matizar un poco esta primera afirmación. Si bien es cierto que el proceso de transformación que describimos profundiza los altos niveles de exclusión social ya existentes, y que como siempre golpea a los sectores de menores recursos, no obstante no debemos perder de vista que paralelamente se cristaliza una sociedad cada vez más fragmentada donde conviven los procesos de polarización junto a los procesos de vulnerabilidad producto de la ruptura de la base de integración que proveía el trabajo.

Este presupuesto es el que va a guiar el presente trabajo al tiempo que nos permitirá ir delineando los contornos para conceptuar la crisis actual en términos de un proceso que acentúa la fragilidad de la cuestión social. Una situación donde el límite difuso entre la vulnerabilidad y la exclusión social ponen en jaque el principio de ciudadanía social erosionando las bases de la sociedad democrática lo cual a su vez pone en peligro la estabilidad y la cohesión social.

Precariedad Laboral y Vulnerabilidad Social

Para comprender en qué términos pensamos la fragilidad de la cuestión social es preciso que hagamos un recorrido previo de las transformaciones ocurridas en el mercado de trabajo y en las relaciones laborales.

En la introducción hicimos algunas referencias generales a dicha transformación. A los efectos de seguir nuestra línea de análisis sólo describiremos las condiciones que promovieron un proceso de creciente vulnerabilidad social.

Si bien es cierto que el modelo de acumulación capitalista que se consolidó durante la década del 90 promovió un modelo de crecimiento sin empleo, la contracara de esta fórmula fue el desempleo estructural que convive además con el problema del "desempleo repetitivo" y sobre el cual volveremos más adelante.

Comprender la complejidad de la crisis actual supondrá visualizar las dimensiones de esta creciente fragilidad social, es decir, explicar las causas que coadyuvan a desintegrar las bases sociales y materiales del trabajo que garantizaban los mecanismos de integración social.

El proceso actual ligado a la precariedad laboral nos muestra que las trayectorias laborales (individuales y colectivas) están cada vez más alejadas de una condición de integración estable y segura y sí en cambio refuerzan el proceso de vulnerabilidad que evidencia la fragilidad de la integración al acentuarse las condiciones que promueven una inserción precaria en el mundo laboral.

¿Cuáles son las condiciones que favorecen la precariedad laboral? Dijimos que el nuevo modelo de acumulación capitalista requiere de un proceso flexible de producción y éste a su vez requiere de una fuerza de trabajo flexible. La Reforma Laboral fue la herramienta legal para promover la flexibilización laboral. En torno a esta política se construyó un discurso para legitimar la flexibilización. Así el objetivo de esta política fue reducir el costo de contratación de la mano de obra para fomentar el empleo.

A los ojos del empresariado el sistema de regulación laboral no sólo resultaba rígido sino que era percibido como un obstáculo para fomentar la inversión y el crecimiento. La Reforma Laboral de esta década descansó en la flexibilidad contractual, en la desregulación y en la reducción de los costos patronales en aportes y en seguridad social a fin de crear las condiciones favorables para modernizar las relaciones laborales acordes con la reestructuración macroeconómica y fomentar así el empleo.

Esta Reforma Laboral contempló un amplio conjunto de leyes y decretos, sin embargo haremos referencia a aquellas leyes que flexibilizaron los contratos y redujeron los costos laborales para evaluar si realmente fueron eficientes para fomentar empleos estables o si por el contrario reforzaron las condiciones de precariedad incrementando el tipo de empleo temporario, el subempleo y el trabajo informal.

En 1991 se sanciona la Ley Nacional de Empleo (24.013) que introduce la modalidad de los contratos promovidos por tiempo determinado. Asimismo introduce la exención del pago de aportes para las modalidades promovidas y fija un tope para las indemnizaciones.

La Ley de Fomento del Empleo (24.465) sancionada en 1995 mantiene los contratos promovidos e incorpora el período de prueba, el contrato a tiempo parcial y el contrato de aprendizaje. Los contratos a tiempo parcial quedan establecidos a 3 meses y ampliables a 6 por Convención Colectiva estando eximidos del pago de aportes.

La Ley PyME (24.467) también sancionada en el mismo año promueve el desarrollo de la pequeña y mediana empresa al tiempo que acentúa el proceso de flexibilización al eximir a las PyMEs del pago de las indemnizaciones para los contratos promovidos. Mientras que para el caso de los contratos permanentes los montos indemnizatorios se pueden modificar por Convención Colectiva.

La Ley de Reforma Laboral (25.013) sancionada en 1998 modifica a las anteriores leyes al derogar las modalidades promovidas. Mantiene el contrato de aprendizaje y el contrato a prueba reduciendo el período legal a 1 mes ampliable a 6 meses por Convención Colectiva.

Finalmente la Ley de Reforma Laboral (25.250) sancionada en el 2000 aumenta nuevamente a 3 meses el período a prueba ampliable a 6 meses por Convención Colectiva y se abonan las cargas sociales pero se reducen luego de efectivizar al empleado.(AAVV, 2001, Godio, 1998).

No caben dudas de que los cambios normativos introducidos por la Reforma Laboral reforzaron las condiciones de un mercado laboral precario al promoverse modalidades más flexibles de contratación junto a la reducción de las protecciones sociales.

Según los datos de la EPH (Encuesta Permanente de Hogares) muestran que en el Gran Buenos Aires en el período 1995-1998 la tasa de empleo permanente había decrecido y como contrapartida la tasa de empleo temporario había aumentado.(Perelman, 2001). Esto verifica que la flexibilidad contractual no fomentó el aumento del empleo como se esperaba sino que el empleo flexible con tipo de contrato temporario, incierto y sin beneficios fue la modalidad de contratación que prevaleció reforzando aún más la precariedad y la inestabilidad en el mercado laboral.

Como consecuencia el desempleo convivió con una nueva modalidad, el "desempleo repetitivo" que designa los altos grados de inestabilidad y de precariedad donde se alternan períodos de empleo inestable con períodos de desempleo.(Freyssinet, 1998; citado por Perelman, 2001).

Las probabilidades de transitar hacia un empleo permanente son escasas, en consecuencia se incrementa el porcentaje de rotación en el mercado laboral reforzado, además, por una legislación que promueve las modalidades de contratación precarias. En síntesis el empleo temporario no fue el paso intermedio al empleo permanente, por el contrario agudizó el problema del desempleo. El desempleo de larga duración, categoría que denota estar desempleado por más de 6 meses, convive ahora con el desempleo repetitivo.

Esta situación de precariedad laboral se traduce en vulnerabilidad social. En términos de Robert Castel la vulnerabilidad social es el resultado de una creciente yuxtaposición entre la precariedad económica y la inestabilidad social. La imposibilidad de procurarse un lugar estable en las formas de organización del trabajo tornan frágiles los soportes que garantizan la supervivencia individual pero también debilitan los lazos de reconocimiento social que garantizan la pertenencia a una comunidad.(Castel, 1991, 1997).

Siguiendo este argumento nos proponemos analizar cómo la precarización del trabajo construye trayectorias laborales inestables que oscilan entre el empleo y el no-empleo. Estas "trayectorias erráticas", dirá Castel, reflejan tanto la degradación de la situación del trabajo como la degradación del capital relacional.(Castel, 1997).

En este sentido nos parece que una herramienta posible para describir la experiencia de la vulnerabilidad social puede ser el análisis de una historia de vida. Seguidamente presentaremos algunos fragmentos de una historia de vida que extrajimos de un trabajo de investigación realizado por Denise Merklen publicado bajo el título "Vivir en los Márgenes: la lógica del cazador". En el trabajo referido el autor cuenta las experiencias de la vida cotidiana de las personas en situación de precariedad y de vulnerabilidad y su relación con el espacio barrial.(Merklen, 2000).

En lo que sigue consignamos los episodios centrales de la historia de vida de Javier que estrechamente se vinculan con nuestros objetivos. Es decir, describir las dimensiones que confluyen en la construcción de trayectorias laborales inestables, o "erráticas", que definen a una situación de creciente vulnerabilidad social vinculada a la precariedad laboral. Comencemos entonces con el relato.

Javier y su familia, compuesta por sus padres y sus cuatro hermanos, viven en el asentamiento El Tambo desde 1989. El Tambo es uno de los barrios de tierras tomadas ubicado en la localidad bonaerense de La Matanza. Hacia 1996 Javier (28) estaba cursando el 3° año de la licenciatura en Trabajo Social en la Universidad de La Matanza. Paralelamente los días sábado trabajaba como operador del programa de rock en la Radio ACCION (Asociación Civil, Cooperación, Integración, Organización Nueva) que funcionaba en el mismo asentamiento. No obstante un recorrido por la historia de vida de Javier nos irá develando cuán inestable ha sido, y sigue siendo, su inserción laboral como así también la de su familia.

En los años 60 el padre de Javier trabajaba como obrero en un frigorífico en la zona industrial de Puente Alsina. Años más tarde pudo montarse una pequeña fábrica de zapatos gracias a que su estabilidad laboral le había permitido ahorrar dinero para llevar a cabo tal empresa. Sin embargo en la década del 80 con la liberalización de las importaciones la industria local se vio fuertemente afectada y como correlato la actividad del padre de Javier, ligada a la confección de calzados, quebró definitivamente.

A partir de esos años comienza una etapa de inestabilidad para la familia de Javier. La falta de empleo estable los había motivado a buscar mejor suerte en Brasil. Pero allí tampoco las cosas fueron mejor y deciden regresar a Buenos Aires. Sin embargo la inestabilidad laboral persiste lo cual los obliga a mudarse repetidas veces y para Javier, en particular, esto le significó el tener que cambiarse de colegios en varias oportunidades. Hacia fines de los años 80 llegan finalmente al asentamiento. Allí el padre de Javier comenzó a "rebuscárselas". Las "changas" fueron su nueva modalidad de empleo. Así empezó vendiendo comida en el asentamiento al tiempo que hacía algunos arreglos de calzado en el taller que se había montado en su casa con una de las máquinas de su anterior emprendimiento que aún conservaba. En esta tarea contribuían tanto Javier como su hermano mayor. Así durante algún tiempo Javier trabajó ayudando a su padre. Pero como bien lo señala el propio Javier "ese era un trabajo estacional".

Entonces es que Javier decide trabajar junto a un amigo y ponen un taller de serigrafía. Pero el cuentapropismo tampoco les resultó pues al no tener ninguna inscripción legal no hubo forma de seguir adelante con la actividad. Nuevamente Javier tropieza con el no-empleo y se ve obligado a transitar por la inestabilidad. Hasta que encontró un nuevo trabajo, esta vez repartiendo pizzas los días miércoles. Pero la ilusión le duró tan solo 4 meses.

Al momento de la entrevista Javier cuenta que en lo que iba del año había trabajado 4 semanas y que el resto del año había estado recorriendo la ciudad buscando trabajo pero sin ningún éxito. Las "changas" de albañilería, de pintura o de herrería habían sido las formas para "rebuscárselas".

El fragmento de la historia de vida de Javier, pero que bien no se agota en él, describe el tránsito que va del empleo al no-empleo. La inestabilidad de Javier (y la de su familia) derivada de su integración social deficitaria a causa de que su inserción laboral ha sido, desde un comienzo, precaria lo privan a él (y a su familia) de los medios para garantizarse su subsistencia más inmediata pero también desestabilizan su inserción relacional y su reconocimiento social definiendo de este modo su situación de vulnerabilidad.

Si además tenemos en cuenta el marco jurídico actual veremos que las condiciones legales desfavorables refuerzan más esta situación de vulnerabilidad. La legislación laboral vigente no fomenta la creación de puestos de trabajo construidos sobre la base de relaciones laborales estables, por el contrario, fomenta las contrataciones donde la modalidad por excelencia es el contrato precario por tiempo determinado y con una baja cobertura social.

Así Javier se inserta en un sistema en el cual rigen las leyes del mercado donde la protección social está ausente. Al debilitarse las regulaciones colectivas queda en una situación de desprotección y de exposición constante. El estar por fuera de los vínculos y de las protecciones sociales definen, entonces, su vulnerabilidad social.

La Fragilidad de la "Cuestión Social"

El impacto de los cambios tecnológicos ha repercutido directamente en las estructuras productivas, en los modos de producción y en las modalidades de contratación. Una de las consecuencias más visibles es la precarización de las condiciones laborales. Bajo esta forma de inserción inestable sumado a ello la ausencia de protecciones sociales seguras se definen las trayectorias individuales frágiles caracterizadas por la ausencia de soportes colectivos. El individuo al perder su condición salarial pierde su base material y social que le permiten reproducir su existencia y su sociabilidad. Esta trayectoria laboral frágil se traduce, a su vez, en una creciente vulnerabilidad social caracterizada por una integración inestable en el tejido social.

En el prólogo de Las Metamorfosis de la Cuestión Social, Castel sostiene que la complejidad de la crisis por la cual atraviesan las sociedades contemporáneas postindustriales plantea hoy, como en el pasado, la resolución del problema de la cuestión social.(Castel, 1997).

Según el autor la multiplicación de los "supernumerarios inempleables", es decir de aquellos individuos que encuentran cada vez más difícil su inserción laboral estable en un mercado altamente competitivo y flexibilizado, dan cuenta de la creciente precariedad laboral, pero al mismo tiempo dan cuenta del fenómeno de la desintegración de los mecanismos que garantizaban la cohesión social. Es decir, la descomposición de un conjunto de dispositivos o de mecanismos de solidaridad social que promovían la integración del individuo en el tejido social otorgándole un lugar, un "estatuto".(Castel, 1997).

En términos de Castel el individuo necesita de un conjunto de "soportes", de recursos y de regulaciones colectivas, que garanticen tanto su supervivencia material como su integración social. En las sociedades modernas los soportes que garantizaron la reproducción material y la inserción relacional del "individuo no-propietario" (de aquel cuyo único recurso es su fuerza de trabajo) fueron la propiedad social y el trabajo. Ambos soportes le permitieron reproducir su existencia y su sociabilidad.(Castel, 1997).

Es a partir del trabajo que la vida humana adquiere pleno sentido en la medida que es el punto de partida para la realización del ser social al tiempo que es la condición para su existencia. Marx fue, a nuestro entender, quien definió de manera más acabada este sentido: es el trabajo una condición de existencia del hombre, eterna necesidad natural de mediación entre el hombre y la naturaleza, y por lo mismo, vida humana.(Marx, 1983; citado por Antunes, 1999).

Hacia fines del siglo XIX las sociedades de Europa Occidental (y posteriormente, aunque con sus matices, el resto de las sociedades capitalistas) van a presenciar el momento de mayor centralidad del trabajo como mecanismo de integración social. La "sociedad salarial", tal como la define Robert Castel, ilustra esta idea. Según el autor este modelo de sociedad enmarca el momento de mayor apogeo del individualismo moderno en la figura del asalariado. Esto se debe a que gracias a los "soportes colectivos" que garantizan la seguridad del individuo le permiten existir "positivamente" como tal. Es decir, ya no queda librado sólo ante el riesgo de no poder estabilizar su presente y su futuro (como lo estaba en el momento de la revolución industrial) y sí en cambio se encuentra respaldado por un conjunto de protecciones dentro y fuera del espacio del trabajo, pues posee un salario y una seguridad social en materia de salud, de vivienda, de jubilación, etc.. Es este conjunto de protecciones los que representan para el autor los soportes colectivos que emanan de la propiedad social.(Castel, 1997, 1999).

No debemos olvidar que este modelo de sociedad, que estructuró el mundo del trabajo en base a una nueva relación salarial, fue posible en el marco de una sociedad de pleno empleo (o si se quiere de cuasi pleno empleo) cuyo soporte político-institucional ha sido el Estado de Bienestar. Fue en el seno del Welfare State que el trabajador accedió al status de ciudadano. Siguiendo a Marshall podemos argumentar que la extensión de la ciudadanía se dio a través de un proceso socio-histórico incrementalista desde la ciudadanía civil a la política y por último a la social.(Marshall, 1997).

Sin embargo al adentrarnos en la era de la globalización aparece en escena la crisis de la sociedad del pleno empleo y de la sociedad salarial. La seguridad conferida por un mundo centrado en el trabajo y en el empleo cede su lugar a la inseguridad y al nacimiento de un lógica paradójica que encuentra su explicación en la persistencia de un imaginario colectivo cuyo fundamento es la convicción social y cultural de que el trabajado remunerado es (y seguirá siendo) el instrumento para no quedar en los márgenes.

La sociedad salarial pierde su centralidad en una sociedad donde el problema del desempleo se ha tornado en un problema estructural; es decir que no sólo el crecimiento de las tasas de desempleo se tornan preocupantes sino también la escasez de programas para generar puestos de trabajo estables.

Las certezas conferidas por el trabajo se desvanecen. En un contexto donde la propiedad social se remercantiliza, el estatuto del individuo se desestabiliza. El "individuo positivo", aquel que encontraba estabilizada su condición social gracias a la presencia de soportes colectivos, cede su lugar al "individuo por defecto", que por oposición es un "individuo negativo" pues se encuentra en un estado de desprotección.(Castel, 1999).

El concepto de fragilidad de la cuestión social tal como lo entendemos supone no perder de vista un doble proceso: una situación de precariedad laboral asociada a una trayectoria que oscila entre la integración y la no integración en el mercado de trabajo, como la vulnerabilidad social que describe la situación inestable bajo la cual se inscribe el individuo en el tejido social. Una situación donde los vínculos relacionales se vuelven frágiles, es decir, las múltiples relaciones de intercambio a través de las cuales el individuo va produciendo su propia vida.

En este sentido Castel nos advierte que si bien es cierto que la cuestión social gira en torno al problema de la exclusión sin embargo no debemos perder de vista el problema de la vulnerabilidad social. "De modo que el problema actual no es solo el que plantea la constitución de una "periferia precaria" sino también el de la "desestabilización de los estables".(Castel, 1997: p.413).

Siguiendo esta idea el sentido del concepto de trabajo significa más que la condición del empleo. El trabajo es lo que define nuestra relación con nuestro entorno social al tiempo que genera nuestros lazos intersubjetivos.

La actual cuestión social se vuelve frágil no solamente a causa del retiro del Estado de su función social debilitando así los soportes colectivos que le conferían seguridad al individuo. Al mismo tiempo se ve agudizada por el creciente número de individuos que son expulsados del mercado de trabajo. La sociedad salarial que se había caracterizado por un tipo de cohesión social, sobre la base de un equilibrio de integración social y material gracias a la centralidad del trabajo, se desvanece. El individuo está expuesto al peligro de no poder garantizar su reproducción material pero también su reproducción social desde el momento que el equilibrio de integración se ha roto.

"De la Ciudadanía Social a la Ciudadanía Precaria"

En el transcurso del trabajo argumentamos el supuesto de la creciente fragilidad de la cuestión social bajo el cual definimos la situación de la crisis actual. Asimismo sostuvimos que en el contexto actual la condición del individuo se vuelve vulnerable, al ser inestable y precaria su inserción en el mundo del trabajo y al carecer de las protecciones sociales también se torna frágil su lugar en el espacio social. La inscripción de seguridad a la condición de individuo que se había alcanzado gracias a la presencia de los soportes colectivos, hoy se vuelve problemática. Esta regresión en el estatuto positivo del individuo plantea el problema de la integración social.

En este sentido Castel nos interpela en tanto miembros de una sociedad cuando nos dice:

"integrados, vulnerables y desafiliados pertenecen a un mismo conjunto, aunque de unidad problemática. Son las condiciones de constitución y mantenimiento de esta unidad problemática lo que habrá que examinar. Si la redefinición de la eficacia económica y de la pericia social tiene que pagarse poniendo fuera de juego a un 10, un 20, un 30 por ciento o más de la población, ¿se puede seguir hablando de pertenencia a un mismo conjunto social? ¿Cuál es el umbral de tolerancia de una sociedad democrática a lo que yo llamaría, más que exclusión, invalidación social? Es a mi juicio la nueva cuestión social. ¿Qué es posible hacer para reintroducir en el juego social a estas poblaciones invalidadas por la coyuntura, y poner fin a una hemorragia de desafiliación que amenaza con dejar exangüe a todo el cuerpo social?"(Castel, 1997: p.23).

Planteado este gran interrogante, y en estos términos, nos introduce a pensar qué ocurre con el principio de ciudadanía social si el trabajo pierde su centralidad. La figura del trabajador que había adquirido su reconocimiento social bajo el status de ciudadano con derechos civiles, políticos y sociales en el seno del Estado de Bienestar hoy se vuelve un "ciudadano precario" al no encontrar un techo a su incertidumbre y a su inseguridad.

Esta condición de precariedad, según Luis Moreno, remite a la ausencia de oportunidades que impiden el desarrollo integral y participativo de un individuo. La precariedad ciudadana describe una situación general de necesidad. La ausencia de políticas sociales orientadas a garantizar una seguridad ciudadana ante los riesgos de desempleo, de enfermedad o de vejez, promueven esa precariedad producto de la desintegración social. Entonces, el concepto de ciudadanía precaria no se reduce exclusivamente a las carencias materiales sino a la falta de integración que se vincula estrechamente a la consolidación de una ciudadanía social porosa y deficitaria.(Moreno, 2000).

En la era actual al evaporarse los soportes institucionales de la propiedad social conjuntamente se evapora la identidad entre las categorías de trabajo y de ciudadanía con lo cual se termina fragmentando el valor de integración social que ésta identidad configuraba.

Tomando en consideración el punto de vista de Luis Enrique Alonso se puede coincidir con el autor cuando sostiene que la primacía de las lógicas mercantiles tanto en el contexto de las empresas que fomentan la liberalización y la flexibilización laboral como en el ámbito estatal a partir del retiro del Estado de su responsabilidad social y asistencial, tienen como contrapartida la profundización de un proceso que termina desdibujando la capacidad integradora de la ciudadanía. La remercantilización o privatización de la seguridad social y el debilitamiento de la identidad trabajo-seguridad social coadyuvan a designificar la capacidad simbólica de la ciudadanía social. La misma pierde su sentido a medida que el trabajo se desvincula de la condición salarial. Junto a este vaciamiento se deslegitima el principio de integración asociado al bienestar social.(Alonso, 1999).

Según Giovanna Procacci la crisis por la cual atraviesa el Estado de Bienestar pone en tela de juicio el mantenimiento de las estructuras de bienestar social debilitando los cimientos sobre los cuales se asentaba el principio de universalidad de la ciudadanía social. Este principio, que había regulado los mecanismos de integración a través del vínculo entre el trabajo y el bienestar social, se desuniversaliza. La contracara es un proceso de creciente individualización cuya lógica es la discriminación positiva. Los sistemas de bienestar social se aplican a grupos focalizados identificados por esta discriminación. El seguro social-colectivo deja de ser un mecanismo solidario para organizar los vínculos sociales entre individuos y generaciones. Al desintegrarse la base social del trabajo también se desvanece el compromiso social corporizado en los derechos universales del bienestar social. Si bien es cierto que en el concepto de ciudadanía operan tensiones contradictorias no obstante las mismas no serán resueltas eliminando parte de las prestaciones sociales.(Procacci, 1999).

Conclusión

En el presente trabajo nos propusimos interpretar el estado de la crisis actual en la Argentina aproximándonos a una posible conceptualización, aunque no única, que diera cuenta de nuestra realidad.

El eje argumentativo fue describir dos procesos convergentes: por una parte, la creciente precariedad laboral producto de una reestructuración económica que tiende a flexibilizar el mercado y las condiciones de contratación. Por otra parte, el marcado proceso de vulnerabilidad social al que tiende nuestra sociedad como la otra cara del proceso de reestructuración económica que debilita los lazos de integración tanto individual como colectiva.

Para describir el primer proceso puntualizamos los aspectos centrales de la Reforma Laboral de la década del 90, pues a nuestro entender los cambios normativos que flexibilizaron las contrataciones fueron el marco legal que formalizaron el proceso de precarización que se venía dando en el mercado de trabajo.

La descripción de la historia de vida de Javier nos permitió comprender la complejidad del fenómeno de la vulnerabilidad social para luego explicar cómo la inestabilidad laboral también se traduce en inestabilidad social.

A partir de este análisis argumentamos nuestra conceptualización de la crisis actual en términos de una creciente fragilidad de la cuestión social, donde los mecanismos de integración, tanto material como social, que otorgaba el trabajo hoy se desintegran.

Pero al mismo tiempo esta desintegración revela cuán débil se ha tornado el principio de ciudadanía social poniendo a su vez en jaque los pilares sobre los cuales se sustenta nuestra sociedad democrática.

En este contexto la ciudadanía se vuelve un principio deficitario. La ciudadanía precaria que se está configurando en nuestra sociedad plantea, una vez más, el problema de la cuestión social. Al evaporarse la centralidad del trabajo "todo lo sólido se desvanece en el aire". Precisamente al desintegrarse el equilibrio social la cuestión social se vuelve frágil. Un ejemplo evidente es la creciente expulsión que sufren los trabajadores del mercado de trabajo y la consecuente desprotección a la que están sujetos luego del retiro del Estado de su función social y asistencialista. Estos indicadores inciden reforzando la fragmentación social al haberse desintegrado los mecanismos que garantizaban la cohesión social.

En este sentido revertir el proceso de precarización de las condiciones y de las relaciones laborales debe ser un tema de primerísima prioridad en la agenda política. Si bien es cierto que la creciente vulnerabilidad social plantea grandes interrogantes, en la medida que los gobiernos de turno no diseñan los programas para revertir esta problemática, el desafío de la política es, hoy más que nunca, la elaboración de programas genuinos donde el bienestar social sea un objetivo no sólo para paliar problemas en el corto plazo sino también promover soluciones estructurales que contemplen el mediano y el largo plazo.

Los objetivos pendientes son muchos. La creciente fragilidad de la cuestión social es una prueba de ello. Sin embargo la solución no reside en priorizar las políticas de ajuste sino en priorizar un reforma institucional tendiente a alcanzar la equidad, la justicia y el bienestar social. Es cierto que la fuerte crisis económica debilita las estructuras sobre las cuales el Estado promovía sus políticas sociales y de asistencia, pero también es cierto que el retiro de este Estado debilita las bases de legitimidad sobre las cuales se sustenta la democracia. El reemplazo de la ciudadanía social por una ciudadanía precaria es el comienzo. Entonces la pregunta acerca de cuáles serán los "nuevos márgenes" para definir la integración social deviene clave y en este sentido, su respuesta aún sigue pendiente.

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NOTAS
i Licenciada en Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires. Maestría en Investigaciones en Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.